Marihuana y psicosis en un brote psíquico

Por Diego Calvo
17,Ago, 2020

El joven que mató a su madre en Menorca “prefería morir a dejar la marihuana”


«Encender el primer porro de marihuana. Un acto tan simple, tan cotidiano para muchos jóvenes de nuestra sociedad. Para él fue introducirse en un mundo destructor, arrastrando a su familia también». Una espiral que Gonzalo G. recorrió entre centros de desintoxicación, hospitales, psiquiátricos, pesadillas y muchas ausencias. El pasado viernes, en el enésimo brote psicótico, el joven de 26 años atacó a su padre, intentó suicidarse y acabó con la vida de su madre con un cuchillo en el chalet en el que la familia veraneaba en Menorca.

La Policía le encontró en cuclillas con el cuerpo de su madre en brazos agonizante,como recogía el diario Menorca. Ella, Mayte G., de 59 años, había intentado tranquilizarle mientras blandía el arma en la terraza de la vivienda en plena madrugada. No era la primera vez que le veía así. Ido. Agresivo. Ausente. Hacía apenas unos meses que había publicado un libro, Mi armario, en el que relataba la pesadilla y la lucha que había perseguido a la familia desde que la adicción de Gonzalo a la marihuana asomó por la puerta. De cómo se convirtió en una «persona desconocida», en «lo más doloroso» de sus vidas.

Los primeros síntomas llegaron cuando el joven tenía sólo trece años, pero aún tardó uno más en reconocerle a un psicólogo que consumía marihuana. Su comportamiento, recordaba su madre, era «extraño, errático». Quisieron ingresarle en un centro de desintoxicación juvenil, pero el especialista se opuso a la decisión. Y arrastraron tres años de tratamiento en el que, lejos de mejorar, aún iba a peor. «Los profesores nos dijeron que consumía demasiado, su asistencia era nula y la escuela no podía hacer nada más por él. […] Empezamos a ir de colegio en colegio pero nadie lo quería aceptar», recordaba Mayte G. en un libro presentado el pasado mes de enero en Barcelona y del que toda la recaudación, decidió la fallecida, se destinaría a ayudar la rehabilitación de adictos.

«Pocos sabemos qué es la adicción, y hasta que no nos toca no tenemos idea de cómo combatirla ni qué tendremos que afrontar: […] la impotencia de no saber qué pasa, de preguntarte repetidamente por qué te ha tocado a ti, qué tienes que hacer», reconocía. La sombra, en su caso, había aparecido en el seno de una familia de clase alta afincada en Esplugues. El padre -aún ingresado en el hospital Mateu Orfila después de recibir varias puñaladas de su propio hijo- dirige una conocida óptica de la Ciudad Condal. ¿Había algo más evidente para demostrar que la droga, la losa de la adicción, le puede pasar a cualquiera?

El matrimonio y sus dos hijos -Gonzalo, y otro joven de 30 años que resultó herido leve- se trasladaban a Menorca en verano. «Mi refugio», lo definía Mayte. Habían comprado un chalet en la urbanización Son Blanc, en Ciutadella. El mismo en el que el viernes se desató la tragedia. Al parecer, fue el hermano mayor quien encontró al joven sentado en la terraza con un cuchillo. Trató de calmarlo, pero al no conseguirlo subió a alertar a sus padres, que dormían en la primera planta. Eran las dos de la mañana.

Su madre no dudó en acudir a socorrerlo aunque recibió una veintena de cuchilladas de su hijo antes siquiera de que su marido y el primogénito pudieran impedirlo. Mayte moría casi una hora después. Gonzalo se asestó puñaladas en el abdomen y el pecho hasta ingresar en estado crítico en el Mateu Orfila, donde continúa en la UCI. El padre sigue estable dentro de la gravedad ya en planta.

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Mayte ya había relatado cómo había sido el primer brote psicótico que había sufrido el chico. «Nos preguntaba afanosamente qué era lo que le estábamos poniendo en la comida, en qué parte del cuerpo le habíamos puesto el chipcon el que le controlábamos y se lamentaba de tenernos como padres», describió. Pero en el centro médico de Bellvitge al que tuvieron que llevarle, no quisieron ingresarle. «Dijo que si no entraba por urgencias a causa de algún accidente o herida grave no podía atenderlo», explicaba en relación al psiquiatra que entonces trataba a Gonzalo G.

La mayoría de edad había hecho que la pesadilla creciera. Su deterioro físico era cada vez más evidente: la delgadez extrema, el nulo apetito, su abstracción. Por más que lo intentaron, reconocía la madre, no hubo manera de frenar su consumo.Cuando decidieron bloquearle el dinero que le daban cada mes, empezaron a faltar objetos de la casa. Ordenadores, videoconsolas, relojes. «Cogía y vendía todo lo que podía para poder comprar marihuana y satisfacer su enorme ansia».

Gonzalo no sólo se consumía por fuera, también por dentro. Acumulaba más de diez años de adicción y sufría alucinaciones y delirios cada vez más fuertes.«Cada día nos llamaba para decirnos que las paredes le hablaban, que las cosas de su habitación se movían solas, se sentía desprotegido y aterrado. Nos dijo que no podía seguir viviendo con nosotros, que todas las habitaciones estaban poseídas», rememoraba Mayte. Un terror invisible por el que le echaron del hotel y de la pensión en los que se escondió.

Los episodios violentos eran incesantes. Aconsejados por una fundación religiosa, los padres de joven parricida le llevaron a vivir con una madre separada y sus dos hijos. Quizá en otro ambiente, lejos de lo que fuera que le torturaba, pudiera encontrar de nuevo el camino. «En muchas ocasiones nos confesaba que él no quería vivir así, que ojalá le hubiera tocado ser otra persona, pero que lo único que quería en esta vida era fumar marihuana. […] Que antes de dejarla prefería morir».

Una noche sonó el teléfono. Sus compañeros de piso les alertaban de que avisaran a la Policía cuanto antes. «Gonzalo se había escapado, había cogido un taxi y se dirigía a nuestra casa amenazando con quemarla si nosotros nos encontrábamos dentro», continuaba. Cuando bajó del vehículo sólo vieron «la figura de un chico joven en ese momento enloquecido». Estaba completamente ausente, caminaba errante, se reía. «Su agresividad verbal era aterradora».

«Me di cuenta de que yo ya no podía vivir más con él, y que tampoco podía vivir más así. Tenía que acabar con su vida y después con la mía. Hasta ese punto llegó mi dolor y mi desesperación. Mi hijo, al que quería como a nada en el mundo, al que amaba con toda mi alma», escribía Mayte rota por dentro. Él, reconocía su madre, nunca se había opuesto a ser trasladado al hospital. Aquel día empezó el mes y medio que pasaría ingresado en el San Juan de Dios. Pero siguieron centros de desintoxicación, psicólogos, terapeutas. Incluso un psiquiátrico en el que pasó tres días atado. «Podéis imaginaros a mi hijo en pijama en un psiquiátrico, eso es imborrable, tan doloroso que ni si quiero ahora puedo eliminarlo de mi mente», reconocía Mayte.


El Autor

Diego Calvo

Teólogo especialista en adicciones. Educador

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