Inicié mis estudios de teología con la ilusión de un niño y lejos de mi estaba presagiar lo que ocurriría tiempo después. Diez años más tarde claudicaba ante un diagnóstico severo de adicción terrible a la cocaína y me debatía entre múltiples psicólogos y diversos tratamientos que, tras nueve largos años, me llevaron de golpearme entre paredes acolchadas a un alta maravillosa firmada por un centro de salud mental con el que, por fin, puse punto final a esa forma de vivir y pasar entonces a mantener mi abstinencia de forma constante y poder recuperar mi vida, perdida entonces, en la nebulosa del desánimo.

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